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los rostros de la vida: retratos de maría herreros

Por Sebastián Gámez Millán
Ilustración: María Herreros

 

¿Qué sentido tiene pintar en la era de los selfies, Facebook, Instagram y las redes sociales? Basta observar las pinturas e ilustraciones de María Herreros para responder a esta incómoda y desafiante pregunta. Lo que la cámara de manera mimética reproduce con fidelidad y exactitud, aunque no nos reconozcamos en la imagen, puede ser ampliado y superado por la pintura, ofreciéndonos aspectos y matices de nosotros que no capta la tecnología más sofisticada, como el tiempo, la paradójica materia de la que estamos hechos.

 

Se diría que María Herreros (1983, Valencia) posee un estilo personal, un mundo propio que reconocemos a poco que lo hayamos frecuentado: composiciones cinematográficas en no pocas ocasiones cortadas, con trazos espontáneos y vivos, jugando con una estética aparentemente dulce pero cuyo mensaje en realidad no lo es, ya que logra reflejar la ambivalencia de los sentimientos y de la vida a través de los rostros.

 

No es casual que el retrato sea el género predominante de su obra: en el rostro es donde principalmente se concentra la identidad humana, y no solo por convención social: ahí están los ojos que miran, los oídos que escuchan, la voz que habla y paladea, la nariz que olfatea… Nuestros sentidos son la bisagra que informan del exterior y conforman poco a poco nuestro interior. No hay espacio de nuestro cuerpo que ofrezca tanto de nosotros como nuestro semblante. Según Rafael Sánchez Ferlosio, “el rostro no es el espejo del alma, sino el alma misma. El que lo pierde la ha perdido, el que lo recupera la ha redimido”. De modo que si se extravía, pueden pedirle a María que recomponga el rostro-alma perdida.

 

Dante sostuvo que “para pintar un caballo tienes primero que serlo”. María Herreros, en un proceso de empatía e intuición, refleja con las líneas y los colores las emociones, y a veces entre la pintora y sus personajes se produce una transferencia, imprescindible en el psicoanálisis para la cura del paciente, y en el arte para representar adecuadamente a los otros.

 

Bajo un fondo neutro cuya intensidad cromática resalta el retrato, procura no idealizar, y por medio de los gestos y expresiones de sus personajes indaga en el interior de los seres humanos, generando a través de la simbología una narrativa que encienda la imaginación de los espectadores, y se pregunten por qué, y completen lo que fue y no fue y podría haber sido…

 

Licenciada en Bellas Artes y Graduada en Ilustración por la Universidad de San Carlos, desde 2009 trabaja como ilustradora freelance realizando proyectos para clientes internacionales y nacionales como Coca-Cola o Reebok, El País, El Mundo o La Vanguardia. Ha expuesto en Bootsbau gallery (Berlín), Ogaleria (Oporto), Galeria33 (Santiago de Chile), ColectifBlanc (Montreal), y obtuvo una residencia artística en Nueva York para Chandelier Creative. Ha colaborado con editoriales como Taschen y Lundwerg, y ha ilustrado historias de Rosa Montero (Nosotras) y de Máxim Huerta (París será toujours París). Cultiva al mismo tiempo la narración (Marilyn tenía once dedos en los pies, El verano de la lluvia…). Reconoce que el carácter internacional de sus proyectos, y conocer a personas como las mencionadas en ciudades cosmopolitas del mundo es una experiencia muy enriquecedora.

 

Su método de trabajo y creación suele comenzar documentándose e investigando acerca del tema que tiene que representar. Luego, sin bocetos, se deja llevar por una intuición cultivada. Sus ilustraciones no buscan el lado cómico, pero acaso sin pretenderlo desprenden un aire pop, inocente y a la vez desenfadado que bordea la categoría estética de lo grotesco, que, a juicio de Valeriano Bozal, significa “risa lúcida” y “uno de los caminos fundamentales del arte contemporáneo”, ya que implica cierta distancia, humor y crítica.

 

Confiesa no empaparse de ilustración, quizá para permanecer liberada de “la ansiedad de la influencias”, pero no puede evitar la fotografía y el cine (entre los directores de este último arte, cita a Yasujiro Ozu y Sergio Leone). Salvando las diferencias, y por referirme a dos clásicos, a mí me recuerdan sus retratos al expresionista Otto Dix en lo que posee de grotesco y en su dimensión introspectiva, y a los retratos de David Hockney en cómo redefine el pop, lenguaje visual que se ha expandido y universalizado. No obstante, como decíamos, María Herreros posee un estilo personal, un mundo propio.

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