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La senda del ilustrador

Por Javier Espila

 

«De pequeño me recuerdo siempre dibujando». Es una frase que queda muy bien cuando la enuncia un artista, pero que no aporta gran cosa cuando la dice un médico o un panadero, y sin embargo, por mucho que nos empeñemos en usarla para sentirnos especiales quienes nos dedicamos a hacer garabatos, es una frase que resumiría la infancia del 99% de las personas.

 

Y es que dibujar cuando somos niños es MUY divertido, hasta que un día levantamos la vista y algo explota en nuestra cabeza. Nuestros personajes NO se parecen a los que vemos en nuestros dibujos animados favoritos. Son amorfos… ESTÁN MAL. En ese momento, todos arrojamos los lápices por la ventana y decidimos dedicarnos a otra cosa… ¿Todos? NO, un reducido grupo de irreductibles —entre los que me incluyo— sigue generando suficientes endorfinas para seguir adelante y continuar dándole al lápiz con una meta grabada en la mente: «DIBUJAR BIEN», adentrándose sin saberlo en la caverna de la eterna frustración: «Dibujar es divertido. Me encantaría dibujar como —introduzca ilustrador favorito aquí—. Voy a copiar lo que hace. Maldita sea, me a salido una m***a. Vuelta a empezar».

 

Las endorfinas, que parecen seguir a lo suyo, siguen insuflándote chutes sin sentido y haciéndote continuar adelante sin saber muy bien por qué. Sin embargo, a base de cientos de horas de frustración, eso de copiar empieza a dársete mejor. Los personajes empiezan a parecerse a los originales casi como si los hubieras calcado. Es el momento, te dices. Voy a dibujar algo que se me ocurra A MÍ. Entonces te sale la m***a más grande que hayas parido nunca y te pegas contra el muro que te separa de «Dibujobienlandia».

 

Pero nada puede contigo. Recoges los dientes rotos, y las endorfinas —esas amigas inseparables— te dicen que todo va bien, colega. Copias un par de Son Gokus para coger fuerzas y te lanzas de nuevo a crear por tu cuenta. Poco a poco tu mano, que hasta ese momento parece haber ido por libre todo el rato, empieza a obedecer un poco y a dibujar algo remotamente parecido a lo que tienes en la cabeza. Henchido de orgullo le enseñas tu primer personaje genuinamente original a tu hermano, y te dice: «Se parece a Goku». Cientos de pseudo-Gokus más tarde, te preguntas porqué no eres capaz de hacer nada que sea remotamente diferente. Así que en un afán por ser tú mismo vuelves a levantar la cabeza y descubres un dibujante que está haciendo algo visualmente nuevo. Tú, inspirado por su espíritu creador, decides seguir su ejemplo… copiando todo lo que hace.

 

Durante años la originalidad brilla por su ausencia. Te frustras y te enfadas porque solo te salen Gokus, mezclados con Batmans, mezclados con la escuela Bruguera, mezclados con un poco de —introduzca su propio listado aquí—… Un batiburrillo de cosas que cualquiera sabría identificar. Entonces, tras treinta años buscando en balde esa arcana quimera que todos llaman: «ESTILO PROPIO», te paras y te preguntas qué porras tenía de divertido todo esto. A la m***a con ello, te dices. Sencillamente coges un lápiz, pasas de tus referencias y te dedicas a disfrutar con lo que haces; y oye, es cierto que lo que sale se parece un poco a esto y aquello, pero resulta que todo junto tiene un no se qué diferente.

 

Entonces recuerdas a todos los dibujantes que has admirado y te das cuenta por fin, que no es que sean originales en absoluto. Es que, sencillamente, no conoces a los artistas que llevan copiando toda su vida.

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