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raúl: arte y oficio

Por Carol Arán

 

Más de treinta años en la ilustración de prensa diaria dan para mucho en el oficio de ilustrar, aún más si están en manos de un creador de espíritu inquieto. Raúl Fernández Calleja (Madrid, 1960), o simplemente “Raúl”, es uno de esos autores cuya trayectoria desafía al aburrimiento, buceando sin miedo en la reinvención y sin de dejar por el camino, milagrosamente, su esencia de ilustrador clásico. Raúl es principalmente historietista, ilustrador de prensa y caricaturista (El País, La Razón, La Vanguardia), aunque ha trabajado también como diseñador gráfico, ilustrador editorial, escritor, escultor, dibujante para animación e incluso historiador. De una figura tan renacentista no podemos esperar sino inventiva en estado puro, una puesta a punto constante a la máquina de ideas que es la mente del creativo.

 

Especializado en ilustrar artículos de Cultura y Opinión, este creador presume de una extensa paleta de recursos gráficos en su producción, que se aúna con una capacidad infinita para expresar metáforas visuales, ingeniosas y precisas, que huyen de lo superfluo e innecesario para ahondar en el mensaje con meridiana claridad. Su elocuente talento, forjado al fuego del trabajo y la perseverancia, no sólo no se acomoda, sino que se agita y se ramifica, de su base brotan sin parar nuevos brazos y piernas que le llevan a transitar distintos caminos hacia la solución gráfica. Desde sus comienzos en la historieta, más cercanos al realismo clásico, hasta sus más recientes obras digitales, este ilustrador no ha cesado en la búsqueda de nuevos recursos para dar forma a las palabras, sin rastro aparente de cansancio. Hay quien, a la vista de una fórmula eficaz en su obra, se limita a repetirla una y otra vez bajo la bandera de un dudoso “sello personal”, y se instala en la seguridad del beneplácito sin contemplaciones. No es el caso de Raúl, afortunadamente; su zozobra creativa no ha dejado de impulsarle en la búsqueda de nuevos lenguajes, abriéndole la puerta a toda una diversidad de técnicas y estilos tras los que, sin embargo, es difícil no reconocer el carácter del autor a través del tiempo. Y es que este ilustrador lleva dedicándose al oficio más de la mitad de su vida, gracias a su dilatada trayectoria ha vivido el cambio de siglo en el sector, experimentando tanto anteriores épocas de decadencia como la del reciente resurgimiento de la ilustración en los nuevos medios. Asimismo su trabajo ha sido testigo y reflejo visual de los tiempos, especialmente durante su incursión como cronista gráfico corresponsal, en la que pudo dar testimonio de relevantes cambios históricos y momentos cruciales en la política mundial.

 

En su incesante evolución, tan hábil y desenvuelta en la exploración de técnicas y estilos, hay algo más que disconformidad e inquietud artística: en la obra de Raúl la estética está al servicio del mensaje, camina hacia la búsqueda de la poesía visual, lejos del común ejercicio onanista de la obsesión por el estilo propio. Es probablemente ahí donde radica la principal virtud de su tarea como ilustrador, y una de las mayores rarezas en los tiempos que corren. Es esa virtud de no afincarse la que le ha dado alas para volar sobre las limitaciones y no dejar de crecer, para convertirse en un ilustrador cada vez más versátil cuya imaginación parece no oxidarse nunca, para disfrute del espectador. Disfrute que experimentamos gracias a esa inventiva rápida en el mejor sentido de la palabra, a esa iconografía a vuelapluma tan extensa como diversa, y a ese buen hacer que no se deja cubrir por el moho del estancamiento, nadando siempre en aguas agitadas. Un buen hacer que incluye labores de investigación e interiorización de los conceptos a ilustrar, para expresarlas luego de una forma honesta, limpia y directa, carente de banalidades y armada de arte hasta los dientes. Y, por encima de todo, el buen hacer de Raúl alcanza su cenit en cuanto a dibujo se refiere. A pesar de producir una interesantísima y prolífica obra en soporte digital, nunca abandona sus orígenes y continúa dibujando a mano, ejercitando día a día su trazo elegante pero nervioso, orgánico y visceral, curtido en las exigencias a contrarreloj que implican los trabajos para prensa. Incluso en sus trabajos digitales se percibe una perspectiva desde las técnicas tradicionales, con un uso del color y la textura más cercanos a lo pictórico que a la ejecución digital. Sus caricaturas y retratos periodísticos exploran la forma casi hasta la abstracción; sus trazos espontáneos, transparencias y texturas van más allá de la fisionomía hacia el foco de la idea a expresar, y nos invitan a reflexionar sobre diferentes matices del personaje retratado.

 

La obra de este ilustrador madrileño, en resumen, derrocha creatividad desde el nacimiento de las ideas hasta su posterior desarrollo; se vale de todo, y sintetiza ese todo en lo justo y preciso. Un simple boceto de Raúl vale más que mil palabras, tanto desde la línea como desde la mancha sus personajes, escenas e ideas brillan con los elementos justos y la sensibilidad más profunda, como en la obra de un viejo maestro de haikus.

 

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