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ratones que se parecen a nosotros

Maus: relato de un superviviente, de Art Spiegelman.

Por Sebastián Gámez Millán

 

¿Qué ocurre cuando las palabras y las imágenes que emitimos son impotentes para describir o mostrar aquello a lo que nos referimos? ¿Se degrada a las palabras y a las imágenes –y con ellas al mundo, y a los seres que lo habitamos– cuando por medio de estas no se logra representar un fenómeno adecuadamente? Bajo diferentes formulaciones, esta pregunta ha sido recurrente a partir de los campos de concentración y exterminio de la Segunda Guerra Mundial en casi todas las modalidades de expresión artística: desde la poesía (Paul Celan, Ingeborg Bachmann) a la literatura (Primo Levi, Imre Kertész, Jorge Semprún…), desde la pintura (Anselm Kiefer) a la fotografía (Christian Bolstanki) o el cine (Alan Resnais, Claude Lanzmann…).

 

Lo que sucedió en los campos de exterminio marcó un punto de inflexión en la historia (¿ha habido un momento de mayor infrahumanidad del ser humano hacia el ser humano?), en el arte y, por consiguiente, en la educación. Adorno declaró a propósito de ello: “Cualquier posible debate sobre ideales educativos resulta vano e indiferente en comparación con esto: que Auschwitz no se repita (…) La exigencia de que Auschwitz no se repita es la primera que hay que plantear a la educación”.

 

Por tanto, ¿puede un cómic o, si se prefiere, una novela gráfica, representar adecuadamente lo que sucedió en estos campos del horror a prueba de imágenes y palabras? Mi respuesta es: no y sí. Por un lado, es imposible hacer justicia realmente a lo que ocurrió allí y a lo que, a poco que nos descuidemos, puede volver a ocurrir en cualquier lugar: la barbarie es consustancial a la naturaleza humana. Tal vez a esto apunta Primo Levi, el autor del testimonio literario más valioso sobre estas cuestiones, cuando mantuvo: “lo que ocurrió en Auschwitz no puede comprenderse ni tampoco, quizá, debe comprenderse”, en tanto que esto implica ponerse en su lugar, acaso justificarlo.

 

Sin embargo, “si comprender es imposible”, añadía, “conocer es necesario”. ¿Cómo podríamos defendernos si no pudiéramos conocerlo, siquiera de manera aproximada? Ahora bien, hay que saber encontrar cómo expresarlo, he aquí la arriesgada misión del arte; de lo contrario puede banalizar el fenómeno representado, en este caso uno que atañe a nuestra humanidad/inhumanidad, y degradarnos.

Elogiada por uno de los pensadores y escritores más reconocidos de modo internacional de las últimas décadas, Umberto Eco (precisamente él fue uno de los que contribuyó a conceptualizar y difuminar las fronteras entre “arte elevado” de elites y “arte de masas”, entre “apocalípticos” e “integrados”), Maus: relato de un superviviente, de Art Spiegelman, es hasta la fecha la única novela gráfica que ha obtenido, entre otros, el prestigioso Premio Pulitzer (1992).

 

A lo largo de casi trescientas páginas nos ofrece una visión íntegra y a la vez detallada de esta oscura época en Europa: de algunos eufemismos con los que enmascaraban y tergiversaban la percepción de la realidad; de la polarización del lenguaje; de la quiebra de la confianza mutua en la que se asienta la convivencia social; de la alienación de los trabajos forzados, de los abusos y las humillaciones; del racismo y las autoritarias jerarquías; del sistema de instrumentalización y cosificación de los seres humanos y, en particular, de los judíos; de los delirios de la arbitrariedad y de la ausencia de leyes, de la incomprensión y de la soledad y el tormento de la esperanza, del hambre y las muertes sin fin; de la familia y del amor, de la supervivencia y de la culpa…

 

Pero si esta novela gráfica no banaliza lo que sucedió en los campos de concentración y exterminio, sino que más bien es uno de los testimonios más esclarecedores que recuerdo sobre este asunto, después de las novelas autobiográficas de Primo Levi, Imre Kertész, Jorge Semprún, y de los documentales de Alan Resnais y Claude Lanzmann, entre otros, es por el conocimiento de su arte. A continuación quiero analizar algunas de las técnicas de las que se sirve para suscitarnos determinados efectos sentimentales, cognitivos y afectivos.

 

Uno de los indudables aciertos de Maus es la perspectiva que adopta: representar a los seres humanos a través de otras especies de animales antropomórficos: los judíos son ratones; los alemanes, gatos; los estadounidenses, perros, etc. Por una parte, esto equivale a la estrategia nazi de disolver la multiplicidad de aspectos de los que se compone la identidad humana en una etiqueta nacional, étnica, religiosa… que se rechaza y condena. Pero, paradójicamente, por la ironía, el lenguaje y las imágenes de Spiegelman, esta novela gráfica consigue el efecto opuesto: que nos identifiquemos con esos ratones, perros… incluso con los gatos, de tal manera que “ellos” son como “nosotros”. Tengo para mí que este es uno de los logros de todo valioso arte: ampliar la noción de “nosotros”.

 

Justo lo contrario, por cierto, de lo que trataban los nazis mediante la repetición de términos que asocian “lo judío”, o aquello que se rechace, a “lo animal”, a fin de justificar y “legitimar” el sacrificio de las víctimas en aras del ideal de la raza aria, sin duda la superior. George Steiner ha explicado este retorcimiento del lenguaje así: “Hablaban de tener que “exterminar sabandijas” (…) Usado para exterminar lo que de humano hay en el ser humano y restaurar en su conducta lo propio de las bestias. Poco a poco, las palabras perdían su significado “original” y adquirían acepciones de pesadilla. “Jude”, “Pole”, “Russe” vinieron a significar piojos con dos patas, bichos pútridos que los maravillosos arios debían aplastar “como cucarachas que corren por una pared mugrienta”, que dijera un manual del partido. “La solución final” acabó por significar la muerte de seis millones de seres humanos en los hornos crematorios”.

 

Otro de los aciertos de Maus se encuentra en el estilo de los dibujos de Spiegelman: nada de preciosismo ni de esteticismo, imágenes sobrias y sencillas en un blanco y negro intemporal que ocurrió en el pasado, pero que puede volver a ocurrir mañana. Algunos han señalado la influencia del expresionismo. Sin duda el interminable juego de claroscuros está presente. Asimismo, parece que hay influencia cinematográfica con sus constantes analepsis o flashback, con los que logra mantener la tensión narrativa en dos historias que simultanean el presente y el pasado.

 

Los narradores principales son el padre, Vladek Spiegelman (1906-1982), y el hijo, Art Spiegelman (1948), que se hace eco mediante la novela gráfica del relato de su padre. El primero le cuenta al segundo la historia de su vida, junto a la de su madre, Anja (1912-1968) que, como tantos supervivientes del Holocausto, acabó suicidándose. Por lo que respecta a los personajes, se diría que son de carne y hueso, y no de papel: muy verosímiles, a pesar de su apariencia animal.

El padre que, además de que con suerte, con poderosa inteligencia y capacidad de adaptación, logró sobrevivir a los campos de concentración, arrastra las consecuencias de ello, hasta el punto de que lo ha alterado para siempre; es un ser que acumula posesiones en su vejez –téngase en cuenta que en el pasado unas insignificantes migajas le permitían sobrevivir– al tiempo que es muy tacaño y racista sin llegar a reconocerlo. Su hijo, Art, no se entiende bien con el padre, es bastante egocéntrico y está obsesionado con recoger y plasmar correctamente el testimonio del padre. Otros personajes relevantes son Mala, la segunda esposa de Vladek, y Francoise, la mujer de Artie.

 

Es sorprendente observar cómo nos interpelan estos personajes y, especialmente Artie, que entra y sale de la escena, desdoblándose, y aparece como personaje y como autor, convirtiendo la historia de su padre y, en parte, la suya, en un relato, dentro de una función metanarrativa, de tal manera que en la novela gráfica se habla de Maus, como en Don Quijote de la Mancha. ¿Qué es ficción y qué es real? ¿Dónde están las fronteras de una y otra?

Consciente de las dificultades y los riesgos, como si estuviera informado de los debates intelectuales que ha suscitado Auschwitz, hay momentos en los que Artie manifiesta sus dudas y perplejidades a la hora de representar el testimonio de su padre: “Hay demasiadas cosas que nunca entenderé ni visualizaré. La realidad es demasiado compleja para los cómics… Hay que omitir o distorsionar demasiado”, leemos en la página 176. Incluso encontramos una cita de Samuel Beckett que desafía el uso que hacemos del lenguaje: “Cada palabra es una mancha innecesaria en el silencio y la nada”.

 

Transfigurar, omitir y seleccionar no son operaciones exclusivas del cómic, sino de cualquier modalidad artística. En estas elecciones, que el artista tiene que decidir, se juegan sus valores las obras. Artie (¿alter ego de Art Spiegelman?) sigue el consejo de su pareja, Francoise: “Tú sé sincero, cariño”. Quizá la sinceridad por sí sola no basta, pero conjugándola con técnicas y con arte, puede ser iluminadora. Y al final consigue ofrecer un testimonio que salva la memoria de su padre y nos transmite la imprescindible herencia de ese oscuro pasado. Stefan Zweig, que pudo huir de la Europa babélica e incendiada, y que acabó suicidándose –como Paul Celan, como Primo Levi, como tantos otros…–, escribió que “los libros se han hecho para unir a los seres humanos, defendiéndolos del más implacable enemigo: el olvido”.

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