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por una educación estética en la era de la información

Por Sebastián Gámez Millán

 

Con demasiada frecuencia aceptamos sin reflexionar la afirmación de que “una imagen vale más que mil palabras”, atribuida a Kurt Tucholsky. Pero esto depende de varios factores: en primer lugar, el valor de algo depende de la finalidad que nos propongamos. Si lo que pretendemos es informar con claridad y precisión de un hecho públicamente relevante, las imágenes no pueden sustituir a las palabras. En cambio, si lo que pretendemos es ofrecer una visión global o panorámica sobre un fenómeno, tal vez con unas imágenes guiadas por un breve discurso sea suficiente. (Adviértase que a menudo palabras e imágenes mantienen una relación de simbiosis: mientras que las palabras del título o del pie de foto orientan la mirada a través de la imagen, la imagen prolonga y amplía el discurso).

 

Y, en segundo lugar, depende de cómo sean las imágenes y las palabras. No es lo mismo las palabras de alguien con el poder de síntesis de Jorge Luis Borges que algunos periodistas de algunos medios de intoxicación de masas que tienen serias dificultades para expresarse sin faltas de ortografía, de modo que pedirles que encuentren el término adecuado o el adjetivo exacto es poco menos que misión imposible; no es lo mismo las imágenes de un Magritte o de una Cristina García Rodero que las de cualquier pintor, ilustrador o fotógrafo. No me cansaré de repetir que en el “cómo” está el arte, que hasta cierto punto es incomunicable y que comprende un estilo, es decir, una teoría de la percepción, una hermenéutica de la realidad y una teoría ético-política.

 

En todo caso, en la “era de la información” y de “la sociedad-red”, por emplear los términos del sociólogo Manuel Castells, dada la innumerable proliferación de imágenes –habitualmente sujetas a las palabras, y viceversa–, resulta imprescindible una educación estética para que no nos manipulen demasiado y poder digerir, siquiera parcialmente, una pequeña parte de la abrumadora cantidad de información que circula de manera continua por esos espacios públicos abiertos las 24 horas sin cesar.

 

Por lo que respecta al mundo de la ilustración y el cartelismo, se preguntaba hace unos meses Marta Pérez Astigarraga, haciéndose eco de lo que había indicado Inmaculada Corcho, directora del Museo ABC de Dibujo e Ilustración: “¿qué ha hecho que la ilustración haya pasado de ser un campo residual a saltar a las páginas de revistas especializadas, las salas de museos, el cine y a definir la imagen de marca de algunas empresas? ¿Por qué cada vez son menos los que ven en ella un adorno del universo infantil y más los que reconocen su capacidad de comunicación?” (“Victoria de la creatividad”, revista Descubrir el Arte, número 241, p. 50).

 

No hay una sola fuente de procedencia, sino múltiples. Entre ellas, mencionaremos la difuminación de las fronteras entre el “arte elevado” de elites y el “arte de masas”, diagnosticado a mediados de la década de los 60 por el semiólogo Umberto Eco en Apocalíticos e integrados. Antes se avergonzaría cualquier intelectual de confesar que lee cómics o novelas gráficas. Desde hace algún tiempo algunos de los lectores más cultos y refinados de nuestra lengua, como Luis Alberto de Cuenca, filólogo, crítico, poeta y ex-director de la Biblioteca Nacional, no tienen reparos en reconocer lo que le aportan estas fuentes de información, que en algunos casos de contrastado nivel de documentación y arte no dudaría en denominar de conocimiento, como, por ejemplo, Maus: relato de un superviviente, de Art Spiegelman, que ya analizamos en un post anterior.

 

De hecho, el Ministerio de Cultura concede desde 2007 el Premio Nacional de Cómic, que lo han obtenido, entre otros, Max con Hechos, dichos, ocurrencias y andanzas de Bardín el superrealista (2007); Paco Roca con Arrugas (2008) –que se trasladó al cine en 2011–; o bien Javier Olivares y Santiago García con Las meninas (2015). Sin ir más lejos, algunos prestigiosos museos comienzan a editar sus propias colecciones de cómics, como el Thyssen Bornemisza con Mitos del Pop (2014), de Miguel Ángel Martín; o el Museo del Prado, con álbumes como El perdón y la furia (2017), de Keko y Antonio Altarriba.

 

Aclarado lo anterior, ¿qué aspectos considero conveniente cultivar en esta educación estética que proponemos ante la proliferación de imágenes en la era de la información? Dicho sea de paso: la información no es siempre conocimiento. El conocimiento implica una visión más sistemática, organizada y profunda, es menos efímero y, por tanto, es más perdurable y valioso para tomar decisiones. Precisamente para que se convierta en conocimiento la información debe cumplir algunos de los siguientes requisitos y/o pasar por métodos empíricos y críticos.

 

 

1) Contrastar fuentes desde una pluralidad de medios y de voces, incluidas aquellas que van en principio contra nosotros mismos. Se acostumbra a creer que solo las ciencias naturales “experimentan”, pero uno se atrevería a mantener que de un modo u otro todas las ciencias “experimentan”, aunque a veces no se pueda comprobar de manera empírica con datos concluyentes. Es cierto que cada uno se intoxica como desea, pero si se quiere preservar la autonomía y libertad es conveniente “experimentar” y contrastar con diferentes fuentes y voces plurales, a fin de evitar en la medida de lo posible caer en posturas adoctrinadoras, sectarias o dogmáticas.

Asimismo, con el auge de las nuevas tecnologías se acentúa la tendencia a “diseñar nuestro propio periódico” o, para ser más exactos, a consumir solo aquello que confirma nuestros prejuicios, nada que oponga resistencia u oposición. Ante esta peligrosa tendencia un saludable ejercicio es enfrentarnos con imágenes, información y opiniones que cuestionen o pongan en tela de juicio nuestras convicciones más arraigadas e íntimas. Quizá así nos percatemos de que si hemos aprendido y crecido algo a lo largo de los años ha sido porque reconocimos argumentos más sólidos que aquellos con los que contábamos.

 

2) Ante tal avalancha de imágenes e información, que con frecuencia nos inunda y rebosa, y resulta indigerible, entiendo que es cauto mantener un escepticismo moderado, o sea, no creernos todo lo que aparece en los medios de comunicación-intoxicación de masas, sino más bien ponerlo entre signos de interrogación y someterlo a crítica, a fin de ver qué resiste. Las personas demasiado crédulas pueden ser fácilmente manipuladas, como aquellos ciudadanos que escuchaban la invasión de la Tierra cuando escuchaban a Orson Welles transmitir por la radio la lectura de La guerra de los mundos, de H. G. Wells.
Y los que no creen en nada pueden abrazar un nihilismo que les paralice e impida actuar, lo que posee unas consecuencias vitales y ético-políticas no menos desastrosas. Algunos artistas, como Joan Fontcuberta, nos enseñan a dudar de lo que se nos muestra por los medios de las imágenes y de los comunicación-intoxicación de masas, a mantener ese escepticismo moderado que puede preservar nuestra independencia de juicio y libertad, no solo respecto a cuestiones religiosas y políticas, como la identidad de ciertos personajes, o noticias como la llegada del hombre a la Luna, sino también científicas: ¿existen en la naturaleza o no esas especies biológicas que vemos en unas fotografías?

 

3) Saber interpretar-descifrar la retórica de las imágenes. Por retórica de las imágenes entiendo las técnicas y estrategias con las que los ilustradores y artistas en general, de modo intencionado, producen con la composición de sus obras una serie de efectos emocionales, sentimentales, cognitivos, afectivos… No hay palabras ni imágenes sin retórica: todas, en mayor o menor medida, buscan persuadir, seducirnos. Y cada uno lo procura desde el conocimiento y el dominio de un arte.

No me atrevería a afirmar que todo vale igual (en cuanto a mensajes compuestos con imágenes y palabras), tesis que es de un relativismo que se refuta en la misma proposición, pero hasta cierto punto esto depende de las ideologías que hayamos interiorizado. Por eso si nos hemos intoxicado con determinada ideología es menos complicado que sintonicemos antes con mensajes afines, y al revés. Si bien la neutralidad en sentido estricto me parece un mito, conviene no perder de vista el ideal de la imparcialidad. Es deseable que aprendamos a ser “espectadores imparciales”, como quería el filósofo Adam Smith, juicio que podemos ejercitar y agudizar con el arte y aplicar en la esfera ético-política.

Quienes mejor conocen las retóricas son los artistas de cada modalidad. Escritores como Cervantes, Shakespeare, Goethe, Flaubert, Tolstoi, o bien artistas como Miguel Ángel, Tiziano, Velázquez, Goya, Picasso… conocen profundamente los mecanismos para suscitarnos emociones, sentimientos, cogniciones y afectos desde las composiciones de sus obras. Por lo tanto, difícilmente encontrará uno mejor escuela que la estos maestros intemporales. Ante sus obras podemos aprender cómo se activa o desactiva un mensaje, que puede producir una corriente pacífica o bélica.

4) Saber sentir-valorar con distancia a la vez que de manera cómplice. Una de las razones por las que nos formamos y educamos, algo que no se termina nunca mientras vivimos, es para sentir y valorar mejor. Existe una estrecha relación que está en el fondo del humanismo entre saber expresarnos, sentir, valorar y comportarnos. Por lo general, quien sabe expresarse, sabe sentir, valorar y comportarse de manera más adecuada.

¿A qué me refiero con sentir-valorar con distancia? Alguien que siente y/o valora sin distancia, la distancia propia de la representación estética, no sabrá sentir de manera adecuada, y seguramente lo hará con demasiada intensidad, de modo impulsivo, sin autodominio. Por el contrario, alguien ejercitado en el consumo de imágenes y palabras lo hará habitualmente con cierto escepticismo y mayor distancia. Lo idóneo es alcanzar la distancia justa. En cuanto a ser cómplice, no olvidemos que somos cómplices de todo lo que percibimos y experimentamos a nuestro alrededor, de tal manera que nuestra humanidad/inhumanidad depende en cierto modo de la respuesta con la que elegimos actuar en cada momento.

5) Saber responder artística y cívica-políticamente. Lo anterior se encuentra íntimamente vinculado con este punto. Uno de los fines del arte es crear personas más humanas, libres y responsables, del mismo modo, se supone, estas personas contribuirán a habitar el planeta de forma más civilizada. Se puede estudiar la historia del arte, desde la pintura, pasando por la literatura, hasta la ilustración, desde la perspectiva de cómo unos artistas se inspiran y responden a otros. Pienso, por ejemplo, en las Venus de Tiziano y Rubens, y cómo Velázquez le responde a dos de sus maestros; y luego entra en el diálogo Goya, Manet, Ingres, Picasso, Matisse, Lucien Freud…
Claro que como no todos tenemos la suerte de ser artistas, son pocos los elegidos para participar en esta interminable cadena, en este diálogo sin fin. En el que no podemos faltar en tanto que personas, como ciudadanos del mundo, es en nuestras respuestas ante las manifestaciones artísticas con las que se capta el espíritu del tiempo y de la historia. Ahí es donde elegimos, no con quiénes estamos, como de manera maniquea y simplificadora nos quieren hacer creer algunos ideólogos, que todavía creen en “un eje del mal/bien”, sino con qué mensajes y valores estamos o no de acuerdo. Estas identificaciones ofrecen una idea de quiénes somos o a quiénes queremos parecernos.

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