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pascal campion: habitar las imágenes, celebrar la vida

Por Sebastián Gámez Millán

 

Si uno ha comprendido adecuadamente el ejercicio filosófico con el que se interpelaba a sí mismo el emperador Marco Aurelio (“Vivir cada día como si fuera el último”), que implica aprovechar de manera plena la paradójica sustancia de la que se compone nuestra existencia, el tiempo, a la vez que guiarse prudentemente, no le sorprenderá que haya personas que se levanten cada amanecer y practiquen un ritual.

 

El “Sketch of the Day” de Pascal Campion es cada mañana, desde su estudio, situado en la bahía de San Francisco, crear una imagen con la que celebrar el olvidado asombro de estar vivo, el incomprensible milagro de existir. Al fin y al cabo hay tantas posibilidades de no ser… Y, desde luego, no es por superstición, miedo, temor o esperanza, sino más bien para afirmar la vida tal como se merece, para decirle: “Sí, te quiero”.

 

En la mayoría de las imágenes de Pascal Campion, incluso en las más tristes – no recuerdo ninguna desalentadora – late una voluntad de celebrar la vida, a pesar de sus pesares, que ciertamente nunca cesarán. Nietzsche, aquel pensador vitalista, sostuvo que no existe “arte pesimista”, que esta expresión encierra una contradicción en sus términos, puesto que el arte siempre afirma: transmuta la tragedia en algo que merece ser celebrado, amado, querido. En las imágenes de Pascal Campion se aprecia claramente, y no solo por su tono amable y su mirada cómplice.

 

Por ejemplo, una de las técnicas con las que lo logra es mediante el humor (un humor sigiloso, suave, ligero, nada histriónico: un humor, pues, que nos hace sonreír, y no reír a carcajadas). Pienso en una imagen suya que recrea una escena doméstica en el salón de un hogar. Un hombre y una mujer casi tumbados en el sofá frente a frente con un libro cada uno entre sus manos: About Women, lee él; About Men, lee ella. ¿Estamos condenados a no entendernos? Por los indicios y pruebas acumuladas a lo largo de la historia, casi todo apunta a ello. Pero el arte también nos ayuda a comprender nuestras limitaciones, aceptar nuestras insuficiencias y amar lo que somos, y no solo nuestros ideales.

 

Al final de un atrevido y original ensayo, El arte como terapia, Alain de Botton y John Armstrong conciben un programa de arte en el que “se invitaría a los artistas a realizar una misión didáctica: ayudar a la humanidad a buscar el conocimiento individual de uno mismo, la empatía, el consuelo, la esperanza, la aceptación de uno mismo y la realización personal”.

 

La primera exposición trataría sobre “Las virtudes del amor”, con la que se procuraría mostrar “las cualidades requeridas para el mantenimiento adecuado de una relación con otro ser humano, incluyendo (pero sin limitarse a) el perdón, la paciencia, el sacrificio, la bondad y la imaginación” con el propósito de “corregir la creencia en la naturaleza espontánea del amor, mostrar lo que ´trabajar para` una relación implicaría en la práctica, centrándose en ideales capaces de guiar la conducta diaria”.

 

No sé si Alain de Botton y John Armstrong conocen la obra de Pascal Campion, pero no albergo ninguna duda de que sus imágenes pueden contribuir a desarrollar entre las personas las virtudes del amor. Abundan en su narrativa escenas amorosas en las que la imaginación y el deseo de compartir junto al otro la vida consiguen superar las adversidades: sorpresas, abrazos, caricias, besos, paseos, contemplación de vistas… Con ellas cobramos conciencia de que el amor, como señalara Erich Fromm – y, desde otra perspectiva, antes, Ovidio – es un “arte”, o sea, una manera de hacer que requiere cuidados habituales.

 

De tal modo que en las ilustraciones de Pascal Campion reconocemos lo que había observado el sociólogo y psicoanalista: “Que haya armonía o conflicto, alegría o tristeza es secundario con respecto al hecho fundamental de que dos seres experimentan desde la esencia de su existencia, de que son el uno con el otro al ser uno consigo mismo y no al huir de sí mismos”. Imágenes, por cierto, que no nos piden que actuemos así, pero que despiertan en nosotros simpatía y estimulan a nuestro ideal del yo a emular estas acciones cotidianas y mejorarnos.

 

Una de las principales virtudes imaginativas y artísticas de Pascal Campion es cómo logra habitar las imágenes y, quizá por reciprocidad, cómo provoca en los espectadores-lectores que habitemos sus imágenes. Se diría que sus ilustraciones son para ser habitadas por nuestra imaginación, que regresa a donde estuvimos alguna vez y, sin embargo, a donde no hemos estado nunca, lo que en cierto modo nos ayuda a saber sentir y actuar correctamente, que es una de las funciones del arte.

 

Según el filósofo Alain de Botton, “si aceptamos que orientar nuestras emociones constituye una parte central del proceso de crear una sociedad civilizada, habría que reconocer que la cultura, junto con la política, es uno de los mecanismos fundamentales para hacerlo. La música que escuchamos, las películas que vemos, las casas que habitamos y las pinturas, esculturas y fotografías que colgamos de la pared son las que actúan como guía y maestro sutil”.

 

Nacido en New Jersey, Pascal Campion posee una doble nacionalidad franco-estadounidense. Después de algunos años en la Provenza francesa, donde comenzó a dibujar siendo apenas un niño, como si ya desde entonces quisiera detener el tiempo, actualmente vive en San Francisco. Graduado en Ilustración Narrativa por el Arts Decoratifs de Estrasburgo, es un polifacético creador de imágenes para libros, películas, videojuegos, videoclips… Entre sus clientes se encuentran empresas internacionales como Disney, Dreamworks Animation, Paramount Pictures, Cartoon Network

 

Se diría que es un cazador de instantes de la vida cotidiana, como observamos en uno de sus libros, 3000 momentos: una colección de escenas de Pascal Campion. El hecho de que la inmensa mayoría de sus imágenes estén ambientadas en la vida cotidiana facilita la identificación del espectador-lector, que se puede reconocer en ellas. Pues no se trata tanto de que huyamos con la imaginación a lugares exóticos como más bien de que, dentro de lo posible, nos sometamos a crítica y corrijamos para ser mejores personas. Esta es la función ideal de sus imágenes.

 

Buena parte de sus ilustraciones tienen la ciudad como telón de fondo (Buenos días, ciudad es el título de otro de sus libros). No es solo el espacio que lo rodea como un ciudadano. Se trata de un fenómeno sociológico creciente al que tiende gran parte del planeta debido a la imparable globalización. No obstante, no muestra solo las ventajas de las grandes ciudades, como el trabajo o las tecnologías, también sus puntos oscuros, como la incomunicación o la soledad, con personajes asomados a las ventanas o en los balcones en busca de algo que no tiene lugar.

 

Asimismo, es recurrente en sus imágenes la dialéctica dentro-fuera: interior de los edificios frente al exterior de la naturaleza; cuerpo frente al alma o, si se prefiere, los procesos mentales (sentir, pensar, querer, creer…). Una de las características de su estilo es el juego de los contrastes entre luces y sombras, que por lado reflejan la ambigüedad de la vida y, por otro, muestran la ambivalencia de las emociones. Ya saben: si algún día olvidan qué es el amor o quieren volver a enamorarse, habiten las imágenes de Pascal Campion.

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