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miyazaki y el planeta ghibli

Por Borja Crespo

 

Visitar el Museo Ghibli en Tokyo, de viaje vacacional (o profesional), es una cita obligada para toda mente interesada en la cultura nipona en general y el anime en particular, en la ilustración y la imagen gráfica. Sabiendo que hay que comprar las entradas con antelación, en cuanto salen a la venta online, o de lo contrario vuelan, recorrer sus dependencias te permite contemplar como visitante todos los procesos del cine de animación, incluida una reproducción del estudio del propio Hayao Miyazaki (Bunkyō, Tokio, 1941), alma máter del proyecto. Un planeta imaginario descomunal, en formato doméstico, con kilos y kilos de papeles y lápices usados, cientos de bocetos colgados en las paredes y mucho celuloide desgastado. El artista oriental es uno de los mejores cineastas en su género de todos los tiempos, el único director que ha conseguido el Oso de Plata del Festival de Berlín con una película de dibujos animados, aparte de llevarse un Oscar con la hipnótica ‘El viaje de Chihiro’ (2001), donde una niña entra en un misterioso túnel que le lleva a un mundo fantástico en el cual no existen los seres humanos. La carrera del genio está estrechamente ligada al cómic. Así ocurre, la mayoría de las veces, en el país del sol naciente, donde el manga y los cartoons van juntos de la mano.

 

Miyazaki empezó su trayectoria en 1963 en Toei Animation, el estudio más importante de Japón. Se inició trabajando de intercalador, en series de televisión míticas como ‘Heidi’, y fue subiendo de escalafón en la profesión: animador, guionista, realizador, productor… Obsesionado con la creación de historias que puedan interesar y divertir a padres e hijos por igual, el secreto de su éxito, en 1979 firma su primer largometraje, ‘Arsene Lupin y el Castillo de Cagliostro’, tras demostrar su valía en la serie ‘Conan, el detective del futuro’. Descansó de la animación y empleó su arte en las viñetas de ‘Nausicaä, el valle del viento’, un manga indispensable que posteriormente también llevó a la gran pantalla, mientras los capítulos de ‘Sherlock Holmes’ arrasaban en la pequeña. El pacifismo y la ecología, temas habituales en la obra del dibujante y escritor, ya aparecen en sus piezas. Conocido como el “Disney japonés”, aunque sus intenciones son bien distintas y goza de una imaginería más impredecible, creó Studio Ghibli tras dejar Toei. Cintas como ‘Porco Rosso’ (1992), ‘La princesa Mononoke’ (1997) o ‘El castillo ambulante’ (2004) le han colocado en un merecido pedestal.

 

Hay que destacar en su rica filmografía un título que mantiene su capacidad de embelesar al espectador a día de hoy, la excelsa ‘Mi vecino Totoro’ (1988), reestrenada en nuestras salas a principios de este año, conservando todo su potencial arrebatador. Es una delicia para los sentidos. Narra las peripecias de una familia japonesa que se traslada al campo. Las hijas se topan con un espíritu del bosque, Totoro. Una historia de amistad y muchas cosas más, imaginativa y embriagadora, cuya acción transcurre en las años 50. La película se convirtió, tras su éxito, en la imagen corporativa del Studio Ghibli. El gran artista nipón se inspiró en dos películas de animación de los años 80 a la hora de crear el filme: “Son Panda Kopanda” y “Panda Kopanda: Amefuri Saakasu no Maki”. Una canción de la banda sonora pudo escucharse en la nave espacial Discovery en 2005. Uno de sus tripulantes, de nacionalidad japonesa, tuvo la oportunidad de escoger un tema para amenizar un “paseo espacial”. Su elección fue Sanpo, interpretada por los alumnos de la clase de sus hijos. En el Museo Ghibli puede verse, proyectado en celuloide en una sala ad hoc, un cortometraje fascinante basado en el Gatobús, uno de los excéntricos personajes que habitan en el filme.

 

También cabe citar otro ejemplo excepcional, ‘Ponyo en el acantilado’ (2008), fiel a una estética tradicional de dibujos animados que entroncan con el manga. Una aventura mágica, la visión particular que hace el notable Miyazaki del cuento de la Sirenita. La amistad y la naturaleza adquieren un inconmensurable protagonismo en una pieza maestra que desborda imaginación sin recurrir a florituras técnicas. Sosuke, un niño que vive en un acantilado junto al mar, es el protagonista. Ponyo es el nombre de un pez de colores que el pequeño se encuentra en apuros en uno de sus paseos. Tras ayudarle, surge entre ambos una atracción muy especial. Ponyo quiere ser humana, el eje central de un relato fantástico que nos suena de algo, pero se convierte, gracias al trazo y sapiencia de Hayao, en un torrente colorista de fantasía sin límites para todos los públicos.

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