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Miki Montlló y la redefinición del éxito

Por Javier Espila

 

Hay dos formas de aproximarse a un artista en un workshop. La primera consiste sencillamente en asistir a su clase y la segunda en escuchar a la persona. Aprender la técnica, sus trucos y recursos, es en teoría el objetivo principal de esta clase de talleres; pero a veces rascar un poco y escuchar las historias que se esconden tras esos hermosos dibujos puede ser más productivo que absorber la propia técnica. Es la diferencia entre querer aprender a dibujar de una determinada manera y querer salir ahí fuera y ganarse la vida de verdad con esto.

 

Si enumeramos las cosas que ha hecho Miki en los últimos quince años es fácil asumir que la suya es una carrera de éxito. Ha trabajado en grandes proyectos de animación como “Nocturna” o “El pan de la guerra” del prestigioso estudio irlandés Cartoon Saloon, ha creado y dibujado una serie de cómics para ese tótem editorial del cómic llamado Dargaud y colaborado con grandes firmas de la industria de los videojuegos… Y sin embargo, a poco que te sientas con él y abres los oídos, te das cuenta que su mayor éxito no reside en la potencia de sus dibujos, sino en la claridad de sus ideas.

Y no es poco a lo que se enfrentan, porque el tipo dibuja tan bien que dan ganas de pegarle. Todo lo domina; la composición, el diseño de personajes, los fondos y sobre todo, la creación de atmósferas mediante el uso del color. Pero vayamos a las ideas.

 

A primera vista, podríamos razonar que una carrera de éxito se cimienta sobre todo en una gran técnica y un dibujo espectacular. Sin embargo, al poco de comenzar, Miki ya se dio cuenta de que había que diferenciar entre ser bueno técnicamente y llegar a publicar. Hay gente que sin destacar especialmente en lo gráfico, logra salir adelante y hacerse un hueco; luego el primer impulso que debería primar por encima del resto sería sencillamente el de querer dedicarse a esto. La alternativa —planteada por toda una generación de padres— era estudiar una carrera, vivir de otra cosa y dedicar con suerte algo de tus ratos libres a esa cosa llamada dibujar.
Pero Miki lo tuvo claro desde el principio. El camino «normal» no estaba exento de cierto sinsentido así que, en cuanto tuvo algo de cabeza, decidió que si dibujando lograba ganar lo mínimo para ir saliendo adelante, lo demás no importaría demasiado.

 

Para él, ser freelance surgió de forma natural. No tener horarios rígidos, no estar obligado a ir a un lugar y aguantar las presiones de un jefe paranoico o encontrarse con las mismas caras durante años es el sueño de la mayoría de los mortales. Sin embargo, los riesgos del freelance son otros. Por ejemplo, cuando Miki aceptó ir a trabajar tres meses a un estudio de animación extranjero, terminó pasando siete años lejos de casa. ¡Pero pasar siete años saltando de un país a otro es sin duda un signo de éxito! —diría la mayoría—. Claro, hasta que alguien te explica la locura que es adaptarse constantemente a semejantes cambios. Idiomas, costumbres, alimentación, nombres de personas que terminan bailando en tu cabeza, viajes interminables y mil métodos de trabajo diferentes aderezados con otros tantos programas que aprender para adaptarte a sus procesos… Y eso sin hablar del riesgo del desarraigo, de no acabar de establecerse nunca y de que te enfoques tanto en tu supuesta carrera de éxito, que olvides que por medio tienes una vida que vivir y cuyos años no van a regresar jamás. El riesgo de verse arrastrado por los intereses de otras personas, viviendo una vida que puede terminar por no ser la que tú querías. Esa maravillosa que te habías imaginado.

 

Dicen los más veteranos del mundo del cómic franco belga que los primeros quince años de trabajo consisten básicamente en picar piedra. Normalmente una gran empresa como Dargaud puede llevar adelante perfectamente quinientos álbumes al cabo de un año. De esos quinientos, el ochenta y cinco por ciento tal vez logre amortizar los gastos de edición. Del resto, quizás unos veinte obtengan algunos beneficios de los que el autor verá francamente poco, y tan solo uno, o como mucho dos proyectos peguen un bombazo que le aporte el suficiente oxígeno a la empresa como para poder seguir moviendo la rueda.

 

¿Por qué meterse en todo esto?

Es bueno hacer cosas que nos apasionan —dice Miki—, pero hay que tener cuidado, porque por el mismo trabajo, en el mundo de la animación o los videojuegos puede uno cobrar fácilmente tres o cuatro veces más que haciendo cómics para Francia. No puede ir uno aceptándolo todo. Hay que invertir cierto tiempo en parar y pensar. Incluso perderlo de vez en cuando para probar tus propias locuras. En el I+D del autor entra cualquier cosa… ya sea rehacer personajes de viejas series de dibujos animados solo porque te apetece o tirarte unos días editando vídeos de tus procesos creativos. El trabajo llama al trabajo y esos flujos que no van aparentemente a ningún lado, terminan reportando encargos o te llevan a lugares que no habrías imaginado. Trabajar en grandes proyectos está bien, pero cuando creas algo —unos personajes, un concepto, una historia— surge algo que solo tú puedes hacer y eso te permite negociar y luchar por ello.

 

En los instantes que hemos dedicado a charlar para preparar este artículo, Miki se encuentra de regreso después de muchos años dando vueltas por el mundo. Ha dedicado unos meses a recargar energías y pensar en lo que quiere de verdad antes de decidirse por su siguiente proyecto. Se trata de un cómic —punto positivo—, de ciencia ficción —punto extra —, para una editorial china que curiosamente respeta más los derechos y la dignidad de los autores, que esa industria que todos idolatramos pero pocos conocemos —tres puntos, colega.

 

En las profesiones artísticas hay que conservar cierto pragmatismo —dice Miki—. La prioridad no debería ser encaramarse al éxito a costa de hipotecar tu vida, sino ser feliz todos los días con lo que haces sin comerte la cabeza con tantas tonterías.

El taller de Miki Montlló “Luz, color y píxeles” se realizará en Donde Doré durante los días 7, 8 y 9 de febrero de 2020.

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