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lowbrow: el niño inmortal (parte2)

Por Carolina Arán

 

Todos fuimos niños un día, y la ilustración Lowbrow sabe qué hacer para que no lo olvidemos. El arte Lowbrow nos da la llave de las puertas hacia mundos que creíamos olvidados y perdidos, nos sorprende con una nostalgia urgente de historias de súper héroes y cuentos de hadas que nos deja,  conmovidos y reconfortados, en una escena tierna e infantil, cubierta de polvo por el paso del tiempo.

 

Es en ese poder de transportarnos a nuestra infancia donde se esconde una de las claves por las que este estilo artístico nos toca tan profundamente el corazón. La sociedad no espera de los adultos que somos que leamos cuentos, veamos dibujos animados o coleccionemos juguetes, sin embargo este retorno a la niñez se ha convertido hoy en un fenómeno de masas: todos queremos sacudirnos el tedio de ser mayores y volver a conectarnos con nuestra infancia perdida.

 

La ilustración Lowbrow supone una caricia emocional, cargada de imaginación, sentimiento y entusiasmo, pero también una bofetada seca de nostalgia, revulsiva y ácida. Nos trae las luces y las sombras de aquel universo primigenio, con su princesa y su hombre del saco, con sus figuras de plastilina y sus pesadillas de media noche; nos acerca a lo sentimental pero nos aleja de la sensiblería. Esa unión de conceptos claros y oscuros derriba el muro que separa lo que fuimos de lo que somos, convirtiendo nuestro espacio interior en un lugar sagrado y decadente, íntimo pero universal, donde se mezclan nuestras alegrías y terrores, como si una película de David Lynch se incorporara a un cuento para niños.

 

Una vez derribada esa pared, ya no queremos volver a levantar ni un solo ladrillo. Nos abrimos paso entre los escombros y nos adentramos hasta lo más profundo, dejándonos llevar sin oponer resistencia. Nos es imposible no rendirnos a ese sentimiento de reconexión, de recuperación y de refugio que nos invita a desaprender, a continuar creciendo como niños y a reclamar los mundos que una vez dimos por perdidos. Recordamos de pronto que había lugares mágicos donde nos sentíamos a salvo y donde todo era posible. Paisajes donde nuestros miedos se escondían disfrazados de payaso y un tobogán gigante nos alejaba de cualquier preocupación. Escenas casi mitológicas que nos han devuelto artistas nacidos hace más de cincuenta años como Kenny Scharf, Anthony Ausgang, o  John John Jesse,  y que continúan dibujándonos posteriores  generaciones de autores, como Sergio Mora, Mab Graves, Jeff Soto, Tara McPherson o Rébecca Dautremer. Sus trabajos reivindican que detrás de términos tan manidos como retro o vintage subyace una emoción honda y genuina, que nos agita y nos devuelve el amor por los elementos olvidados que nos convirtieron en lo que hoy somos. Nos dan un cachete para que nos demos cuenta de que la vida no ha parado en el camino, que en realidad seguimos siendo la misma criatura que jugaba con cochecitos y gastaba sus monedas en piruletas con forma de corazón. Desempolvamos la idea de no estar tan lejos de aquella risa sin prejuicios que una vez fue la nuestra, ni de aquella infinita capacidad para asombrarnos por cualquier descubrimiento, por pequeño que fuera. Redescubrimos que aún podemos percibir la magia oculta en cualquier esquina, que nuestros sentidos no han perdido el poder de reconocer el tacto de un peluche, el olor de una goma de borrar sin estrenar, o el sonido de la sintonía de aquellos dibujos animados del sábado por la mañana.

 

La ilustración Lowbrow nos acoge a todos en una hermandad inesperada pero necesaria, bajo la bandera de un travieso Peter Pan que no se rinde, que resiste a los envites del mundo adulto a pesar de los pesares, que continúa dibujando garabatos con ceras en el mantel del restaurante. Para el adulto del siglo XXI el Lowbrow  es la medicina chamánica en el jarabe de fresa, es  la sorpresa de encontrar el premio al fondo de la caja de cereales, cuando ya casi había dejado de buscarlo.

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