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ilustración botánica: un romance entre arte y ciencia

Por Carolina Arán

 

La ilustración botánica ha sido desde su nacimiento un medio de comunicación fundamental para la ciencia y su divulgación. Sin dejar de ser una herramienta científica, ha protagonizado al mismo tiempo el curioso fenómeno de convertirse en un medio artístico tremendamente popular, provocando una inusitada dicotomía en el mundo de las artes y las ciencias.

 

Utilizada desde culturas remotas para dar a conocer el estudio de las plantas, esta modalidad de la ilustración científica ha ido de la mano de la investigación de herbarios y farmacopeas naturales a lo largo de la historia, ayudando a difundir las características de las especies vegetales, tarea imprescindible para el conocimiento botánico y la taxonomía. El tomo ilustrado sobre botánica más antiguo que aún se conserva data del año 512, y no deja de sorprendernos cómo ni siquiera el invento de la fotografía ha conseguido dejar obsoleta a esta disciplina. La ilustración botánica requiere una profunda observación previa y una asimilación de la morfología de las plantas a través de la retina humana. Gracias a este proceso, el ilustrador botánico consigue plasmar detalles y matices de una precisión casi mágica, diseccionando e idealizando el mundo vegetal, hasta convertirlo en imágenes vivas, ideales para su estudio.

 

A pesar de tener un objetivo científico, no hay que olvidar que este medio “retrata” uno de los motivos clásicos favoritos en la tradición artística: flores y plantas han sido siempre una temática muy popular en las artes y sus oficios. Así se ha producido este peculiar desdoblamiento conceptual: trabajos de divulgación científica que cuelgan enmarcados en las paredes de cualquiera de nuestros hogares. La prueba indiscutible de que la ciencia puede ser artística, y el arte puede ser científico.

 

En el terreno de la botánica ilustrada, la mujer ha jugado y juega un papel definitivo. Durante gran parte del primer gran periodo de apogeo en este campo (siglos XVII-XX), a pesar de no ser admitidas aún en muchas universidades, las mujeres se abrieron camino hacia la ciencia a través de las artes, en un momento en el que la Historia Natural era considerada una materia adecuada para el género femenino. Fueron muchas las que sacaron partido de esta licencia, entre ellas la escocesa Elizabeth Blackwell, ilustradora botánica nacida en 1707 y primera mujer en publicar un herbario, la inglesa Sarah Drake (1803), prolífica ilustradora que dio nombre a un género de orquídeas (Drakea) gracias a su gran trabajo en el “Orchidaceae of Mexico”, o como Margaret Mee, ilustradora británica nacida en 1909, que exploró la selva amazónica para realizar sus ilustraciones en gouache, y se convirtió en una de las primeras activistas por el medioambiente. Ellas, junto a otras muchas ilustradoras, constituyen un grupo de mujeres que ha hecho importantes contribuciones a la investigación científica a lo largo de la historia, combinando de manera sublime arte y ciencia, y derribando los límites impuestos por la sociedad patriarcal en materias de estudio y conocimiento, lápiz y acuarela en mano.

 

En la actualidad, países como Estados Unidos, Reino Unido o Australia disfrutan de prestigiosas asociaciones de artistas botánicos de gran peso. En dichos territorios, la creación y la divulgación de la botánica ilustrada están consideradas dentro del marco de las grandes artes, perspectiva que no se ha alcanzado aún en otros muchos lugares de menor tradición botánica; para el resto del mundo continúa tratándose de un arte menor, en gran parte aún desconocido. Sin embargo, es indudable la relevancia en la historia de obras como la de Ernst Haeckel (Alemania, 1843), naturalista y filósofo que contribuyó a la difusión del trabajo de Charles Darwin con sus exquisitas ilustraciones, o la de Maria Moninckx, artista botánica nacida en Holanda en 1673, que creó junto a su padre el monumental “Atlas de Moninckx”, amplio herbario que mantiene su gran interés artístico y científico aún hoy día, o la del inglés Arthur Harry Church (1865), ilustrador y botánico que comenzó a ilustrar para difundir sus propios descubrimientos, con un lenguaje artístico deliciosamente directo y aún vigente en la actualidad.

 

En el siglo XXI, la ilustración botánica no solo no se ha extinguido, sino que se ha consolidado y ha conseguido generar corrientes artísticas inspiradas en ella. En el campo de la ciencia, continúa trabajando bajo el compromiso de mostrar las especies extintas en un futuro a las generaciones venideras, de recuperar la imagen de las flores, ya desaparecidas, que guardan los cajones de los herbarios históricos, de recordar la importancia de cada hoja que hay en el mundo. Con este compromiso desarrolla su trabajo la australiana Lucy Smith, que, con sus ilustraciones, devuelve la vida a plantas recolectadas hace décadas o siglos, trabajando codo con codo con los botánicos de los Royal Botanic Gardens de Londres.

 

Compartiendo este respeto por las especies, aún desempeña su labor el octogenario maestro chino Zeng Xiao Lian, artista botánico creador de más de dos mil bellísimas imágenes con las que ha buscado “capturar el alma de las plantas”. Japón también cuenta con una gran tradición botánica que ha sabido incorporar la reverencia al reino vegetal a la expresión contemporánea con obras tan hermosas como la de Mariko Ikeda, la de Asuka Hishiki o la de Mariko Aikawa.

 

Gracias a los avances conseguidos, este trabajo científico aún logra mostrarse innovador y genuino, con ilustradoras e ilustradores de estilo propio que, sin perder el rigor de las estrictas normas científicas, exponen las especies de forma novedosa y original, llegando a trasladar su obra del laboratorio a las salas de museos y galerías. Es el caso de la española Marta Chirino, bióloga e ilustradora científica, que desarrolla proyectos de investigación y divulgación a la par que produce obras artísticas de inspiración botánica en las que la delicadeza y el grafito son los protagonistas.

 

También a camino entre ciencia y creación artística encontramos a la botánica, ilustradora y editora británica J.R. Shepherd , conocida como Inky Leaves, cuyo trabajo hiperrealista nos recuerda la trascendencia crucial de la observación previa. La artista botánica irlandesa Yanny Petters imparte talleres y trabaja en diferentes medios y soportes (madera, cristal, etc.), ampliando la ilustración botánica hasta terrenos matéricos.

 

Además del inequívoco papel que aún juega en el estudio y la divulgación, la ilustración botánica ha generado corrientes artísticas contemporáneas que heredan el amor por las plantas, sacando los pies del tiesto de la ciencia, rompiendo los moldes de su convencional casilla histórica. El interés por el reino vegetal, temática predilecta en la tradición figurativa, ha crecido más si cabe en nuestros tiempos gracias a la preocupación actual por el mundo natural y la recuperación de la conciencia colectiva sobre el papel fundamental que juegan las plantas en la salud de los ecosistemas. Dicho interés nos brinda hoy una tendencia botánica no científica, que disfruta de las cualidades estéticas de la ilustración botánica sin la necesidad de conseguir la precisión reglamentaria de las ciencias, poniéndola al servicio del arte.

 

Gracias a esta corriente, el espíritu vegetal se ha colado en murales urbanos y tatuajes, en papelería de autor y en moda, y en maravillosas obras de arte que nacen de la observación de las especies. Dentro de esta categoría encontramos autores como el inglés Mark Frith, ejemplo del amor por el detalle propio de la tradición, con su gran serie de dibujos de gran formato a lápiz de robles ancianos, proyecto al que dedicó tres años y medio de su vida.

 

La ilustradora chilena Ángela Errázuriz divide su obra en dos líneas de trabajo, la ilustración infantil y la de inspiración botánica, que hereda del género tradicional el respeto y la contemplación de los seres vivos, a través de una estética totalmente contemporánea. También desarrollando diferentes vías en su temática trabaja la joven ilustradora y diseñadora gráfica Tatiana Boyko, española de origen ruso, cuyo trabajo incluye obras de inspiración botánica, en sencillas composiciones directas de colores planos. De igual manera, el ilustrador, pintor y muralista inglés Graham Rust es conocido entre otras por su faceta botánica, que explora el mundo vegetal en series de extraordinaria elegancia. Bajo la etiqueta ilustración botánica encontramos en nuestros días un sinfín de creadores inspirados por la morfología de las plantas, fuera de la responsabilidad de ser un instrumento para la ciencia.

 

Las preocupaciones estéticas y científicas por el mundo natural siembran un campo que siempre está verde, un terreno fértil y perenne, poblado de creadores que dibujan plantas porque las aman, y de autores que aman las plantas porque las dibujan. Como dijo John Ruskin: “Si sabes dibujar una hoja, sabes dibujar el mundo”.

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