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h.r. giger: más allá del alien

Por Carolina Arán

 

Se dice de Giger que actuaba como canal de comunicación con el otro mundo, que su arte provenía directamente de algún lugar invisible y mágico que él hacía visible de manera automática. Su búsqueda de la belleza a través del horror es plenamente conocida a partir de 1979, por su oscarizado trabajo de diseño escénico en la película de culto “Alien: el octavo pasajero”. Sin embargo parte de su prolífica y diversa producción permanece aún oculta a ojos del gran público, a cinco años de su fallecimiento.

 

Hans Ruedi Giger nace en la Suiza rural de 1940 como una flor de acero y espinas en mitad de un prado idílico, su visión adelantada a su tiempo lo convertirá en uno de los artistas más influyentes de la segunda mitad del siglo XX, tanto en el mainstream como en el underground. Formado como diseñador industrial y arquitecto de interiores, pronto comienza a explorar el arte bajo influencia del surrealismo, el Outsider Art alemán, el psicoanálisis y la interpretación de los sueños de Freud. Se da a conocer con el apogeo del póster en los 60, de la mano de la cultura popular, comercializando ilustraciones siniestras que poco tienen que ver con la psicodelia ácida y hippy propia del momento. Como artista plástico y gráfico experimenta con todo tipo de técnicas, si bien siente preferencia por aquellas que le aportan la máxima inmediatez. Giger no tiene paciencia para el óleo, sin embargo en los pocos años que dedica a explorar de manera autodidacta esta técnica, a finales de los 60, produce una serie de obras perturbadoras de gran belleza y efectismo, no tan conocidas como sus posteriores trabajos. Son pinturas de paisajes orgánicos y surrealistas que nos recuerdan a los de Max Ernst, de un atractivo onírico y cautivador, donde el horizonte se estremece entre órganos y cavidades que se retuercen y se estiran. En sus primeros dibujos a tinta se sumerge también en biologías sinuosas y angulosas que vaticinan ya la llegada de su famosa Biomecánica. Esta visión se consolida con la producción de su carpeta serigráfica “Biomecanoides”, en la que el universo Giger se asienta sobre sus pilares definitivos: sueños, sexualidad sin miedo a lo explícito, nacimiento y muerte. La simbología ocultista, el universo onírico y el tema de Eros y Thanatos acompañarán al artista durante toda su trayectoria. Desde principios de los 70 Giger se inicia en la técnica que le hará más conocido como pintor e ilustrador, la pistola aerográfica. Experimenta con ella de manera autodidacta y automática, trabajando a mano alzada con tinta aguada sobre papel, sin bocetos previos. Esta fórmula de trabajo le permite un flujo directo de su imaginación al soporte, sentando las bases de su proceso creativo habitual. Proceso que le convierte en un autor fascinante que produce obras únicas, piezas que parten desde cero como por arte de magia. Esta extrema sensibilidad creativa le lleva a realizar obras que requieren cierto grado de trance, de introspección más allá del tiempo y el espacio, con el aerógrafo como único e instantáneo vehículo. Sus imposibles estructuras y palpitantes amasijos biomecánicos son laberínticos e insondables, con una profusión de detalles que asfixia, que requieren de un trabajo de inmersión total en la obra. La mayoría de sus trabajos con aerógrafo son reproducidos en sus libros “Necronomicon I y II”, “N.Y.C.”, “Biomechanics” y “HR Giger ARh+”. Además de en sus libros, las creaciones de Giger son salvajemente reproducidas y comercializadas, con su consentimiento e incluso sin él: proliferan sus elementos y diseños en tatuajes, carrocerías de coches y motos y complementos, ajenos a la voluntad del autor. El comienzo de la era digital favorece esta “Gigermanía” y el aumento de plagios y robos de su trabajo, a la vez que le proporciona un cada vez más amplio grupo de fieles seguidores, entre los que figuran estrellas de la música y el cine. En los 90 llega el boom del aerógrafo a los Estados Unidos pero Giger lleva ya veinte años desarrollando esta técnica y ha perdido la pasión por ella. Prefiere dedicarse a los detallados bocetos para sus diseños, y coleccionar su propia obra para satisfacer las crecientes demandas de trabajos con aerógrafo sin tener que recurrir a préstamos. Este éxito creciente de su producción conlleva también censura; el destino de la obra de Giger es el de ser odiada o amada. Su visión más allá del sexo y el horror es impactante y controvertida, no es mirada con buenos ojos en según qué círculos tradicionales y ciertos sectores feministas, y frecuentemente es vetada, retirada o confiscada.

 

Inquieto e incapaz de limitarse a una sola disciplina, Giger produce trabajos para ilustración (libros, portadas de discos, cartelería, barajas de tarot), escultura, diseño y ejecución de todo tipo de objetos y mecanismos, diseño de interiores y mobiliario, moda y maquillaje, vídeo-juegos, cortometrajes… Un explorador incansable que deja también en su legado espacios propios concebidos como obras de arte, inspiradas en su estética biomecánica: los dos Giger Bar y el HR Giger Museum, que pueden visitarse en su Suiza natal. Este aventurero de los terrores atávicos desarrolla también todo tipo de proyectos inclasificables, en los que vuelca sus ideas más retorcidas y extravagantes, cargadas de humor negro, perversidad siniestra e hilarante sadismo. Inclasificable es su monumental propuesta para la construcción del túnel de Tránsito Suizo, basado en un circuito de railes con forma de estrella de cinco puntas, o sus trabajos de escultura y objetos basados en una conocida marca de relojes suizos. Sin embargo es su faceta como creador artístico para el cine la que lo encumbra como artista reconocido mundialmente, particularmente su participación en la saga de Ridley Scott. Su visionario trabajo en los decorados, el maquillaje, los efectos especiales y el diseño de las criaturas de “Alien” (basadas en sus necro-gnomos) redescubre el nombre de Giger al público más amplio del momento. Su trabajo da vida al universo estético del film y con él rompe los moldes de la ciencia-ficción traspasando la barrera del horror, sus diseños son coprotagonistas vitales de cada escena. El extraterrestre parasitario que vive en la nave ha llegado para quedarse en el inconsciente colectivo, y Giger ha cerrado el círculo de la biomecánica.

 

A finales del siglo XX su obra por fin se consolida en los circuitos de galerías y museos, más allá del público underground y del coleccionismo privado. En los últimos años de su vida el creador de Alien se centra en proyectos personales como el tren fantasma que recorre su jardín y su casa. Se rodea de su familia, amigos y asistentes y colecciona arte, armas y cráneos. Curiosamente, el artista que ha roto el velo entre los dos mundos no cree en la vida después de la muerte. El misterio inescrutable de su obra no pertenece a la mortalidad, sino que es una cualidad inherente a la vida misma. Giger nos muestra la oscuridad como fuente eterna de inspiración y aprendizaje, a través de un camino que nos horroriza porque es reconocido por nuestra genética. Su universo explora el impenetrable misterio que el humano es para sí mismo, sólo identificando las tinieblas seremos capaces de distinguir nuestra propia luz. Y es que, a pesar de lo macabro de su arte, H.R. cree en la vida por encima de todas las cosas: no viste de negro, como se piensa, por rendir tributo a la muerte; lo hace porque es un hombre coqueto y sabe que en la ropa oscura no se ven las manchas de tinta. Ya de anciano, Giger pide a sus médicos que no le revelen si padece alguna enfermedad grave, lo que queda de vida quiere vivirla sin miedo. Como si de una petición se hubiera tratado, el artista muere en 2014 por motivo de una caída en su casa, no por ninguna enfermedad. Cabe preguntarse si un coro de xenomorfos celestiales lo han recibido en algún rincón de la nave que vuela entre el presente y la eternidad.

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