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un goya a la valentía: buñuel en el laberinto de las tortugas

Por Carol Arán

 

2020 arrancó como un año cuanto menos prometedor para la animación española. Las nominaciones de los Premios Goya apuntaban en cuatro categorías a una interesantísima y sorprendente propuesta animada, estrenada en 2019. “Buñuel en el laberinto de las tortugas” (Sygnatia, The Glow Animation Studio, Hampa Studio, Telemadrid y Aragón TV) estaba nominada a mejor dirección novel, mejor guión adaptado, mejor música original y mejor película de animación. Toda una rareza que anunciaba que esta no era una película más de dibujos animados. Finalmente la obra con la que Salvador Simó había hecho su debut en la animación fue premiada a mejor película en esta categoría, disputada con otras dos fabulosas cintas: “Elcano y Magallanes. La primera vuelta al mundo” y “Klaus”.

 

Y, si hubiera existido una categoría para proyectos valientes, no hay duda de que la película de Simó también habría alcanzado el podio en ella. Embarcarse en la producción de un largometraje de animación en España, siendo además una cinta de autor y estando, para colmo, totalmente alejada del clásico cine “familiar”, supone un acto que casi roza lo temerario.

 

“Buñuel en el laberinto de las tortugas” está basada en la novela gráfica homónima publicada por Fermín Solís diez años antes de la película. Cuando Solís la concibió no pensaba en los típicos lectores de cómics, igual que Solís no pensó en la película como en un producto para el habitual consumidor de animación. La peculiar historia narra el momento en que Luis Buñuel rodó en 1932 el documental “Las Hurdes, tierra sin pan”; una obra, no exenta de cierto malditismo, que supuso la transición del director aragonés de su primer y drástico surrealismo a su posterior cine de carácter más social. La loca aventura de aquel rodaje que narra la novela gráfica fue hábilmente adaptada al guión por Eligio Montero y Salvador Simó, y la dirección de la animación corrió a cargo de Manuel Galiana. Una animación contenida y sobria, con una belleza parca, casi áspera, (tal vez peque de falta de fluidez en alguna ocasión) que no podía ser de otra manera para adaptarse a la perfección a la aridez de esta historia y sus parajes.

 

“Buñuel en el laberinto de las tortugas” utiliza la animación como lenguaje cinematográfico, no como género. Su compromiso no es el de edulcorarnos la vida a todos los públicos: es el de impactarnos y emocionarnos, el de divulgar la Historia de nuestro cine, y el de dar a conocer con más profundidad a uno de los creadores más relevantes del siglo XX. Porque Buñuel, figura imprescindible en el cine universal, sigue siendo un gran y complejo desconocido para la inmensa mayoría. La película de Solís nos acerca a un Buñuel joven y apasionado por sus ideas y por el cine, hastiado de Dalí y lleno de traumas y contradicciones. Muestra sin contemplaciones la férrea voluntad de un cineasta de poner la burguesía patas arriba a base de brutalidad y transgresión, echando mano de cualquier medio (por inmoral que fuera) para llegar a su revolucionario fin. Un fin que no es otro que el de sacudir al público con la misma violencia con la que rugen las tripas de los pobres. La cinta nos descubre también la desconocida figura de Ramón Acín, que financia (por una pirueta del destino que no desvelaremos aquí) el documental de Las Hurdes, y que juega en el guión un papel trascendental como amigo íntimo de Buñuel y como su contrapunto moral en la historia. Ambos personajes, junto a los dos y únicos miembros del equipo técnico del documental, se embarcan, por la España más aislada y subdesarrollada, en una aventura tan dura y asombrosa que costaría creer. Digo ‘costaría’ porque la película incluye pequeños fragmentos del documental original insertados entre la animación, dando fe de la veracidad de detalles y hechos de los que, quien no haya visionado “Las Hurdes, tierra sin pan”, podría fácilmente pensar que son pura ficción. Un costumbrismo crudo y realista pero mágico habita en cada uno de los ochenta minutos de “Buñuel en el laberinto de las tortugas”.

 

Gracias a trabajos como este, la industria de la animación española se alza como el brote de una semilla; aún modesto (en comparación con los frondosos árboles de la industria norteamericana), pero cargado de buena salud, esperanza y honestidad. España es ya el quinto productor mundial de animación y, a pesar de sus limitaciones, ha conseguido llamar la atención al resto de la industria. De hecho, el próximo proyecto de Salvador Simó será repitiendo en animación con “Dragonkeeper”, primera coproducción entre China y España. Se estrenará en 2021, así que casi podemos afirmar que ese también será un año estupendo para nuestro cine de animación.

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