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frank kozik: el arte del póster

Por Borja Crespo

 

 

El pop art no ha muerto. Sigue influenciando a muchos creadores, entre los que sigue dando guerra un artista gráfico veterano como Frank Kozik, probablemente uno de los cartelistas más importantes de la historia de la ilustración de finales del pasado milenio, fusilado hasta la extenuación en el siglo XXI. Igual no te suena el nombre, pero probablemente has visto alguna de sus creaciones reproducidas en libros, sobre camisetas o decorando las paredes de la habitación de algún melómano que se ha cruzado en tu camino.

 

La vida de sus carteles no acaba una vez anunciado el concierto del grupo musical de turno, continúa engrosando una colección de serigrafías que muchos compran por correo o en tiendas especializadas. Convenientemente enmarcadas, las prints lucen en las paredes de garitos musicales con historia, en exposiciones que reflejan la efervescencia creativa del cruce de medios entre el dibujo y la música, en festivales internacionales o en las casas de importantes nombres ligados al mundo del arte.

 

La técnica de este artista visual, cabe subrayar, bebe de las fuentes del pop art y consiste principalmente en el reciclaje de reconocibles iconos de la cultura popular, contaminados por el underground más divertido. Personajes de cómic, dibujos animados, fotografías de clásicos del cine de culto, pin-ups e instantáneas extraídas de anuncios de los años cincuenta son los principales elementos que este ilustrador recicla convirtiéndolos en un collage alucinógeno de colores chillones, sumamente llamativo. Si su objetivo es llamar la atención, no hay duda de que lo consigue, cumpliendo con creces con la principal función de un póster, además de informar.

 

Nacido, curiosamente, en Madrid en 1962, Frank Kozik se marchó a Estados Unidos a la edad de quince años, donde se empapó de rock alternativo, el principal destino de sus imágenes. Su estética, todavía vigente, consiguió resucitar el olvidado mundo de los carteles de conciertos, labrándose una reputación que ha saltado a las páginas de revistas como Mojo, Spin o Rolling Stone. Grupos como Sonic Youth, White Zombie, Red Hot Chili Peppers, Ramones, The Cramps, L7, Beastie Boys, Green Day, Offspring o el mismísimo Iggy Pop, entre otros muchos, requirieron de sus servicios para dar bombo a sus shows musicales y decorar la carpeta de sus CD. Ha paseado exposiciones monográficas por Estados Unidos, Europa, Japón y Australia mientras multinacionales como Nike, Basf o Lucky Strike han echado mano de su creatividad encendida.

 

Un autor ya legendario, de actitud iconoclasta, que no duda en retratar personajes infantiles en poses retorcidas, fuera de su contexto, entregados a su lado más perverso. Cerditos asesinos, perros borrachos armados con metralletas y conejos saltarines metiéndose una chuta. Payasos ofreciendo droga a tiernos infantes, mujeres lascivas, la cara de Charles Manson, diablesas desnudas jugando al póker y niños mutantes. Toda esta inquietante imaginería tiene cabida en un demencial universo envuelto en colores psicodélicos que a veces también se ve trasladado al otrora fructífero terreno de los art toys.

 

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