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el trazo mágico de quentin blake

Por Javier Espila

 

Atendiendo solo a las cifras, Quentin Blake es un auténtico titán de la ilustración; tanto en libros publicados (más de trescientos) como en premios recibidos. Con tan solo dieciséis años y siendo aún estudiante, logró publicar su primer trabajo en la prestigiosa revista satírica “Punch”, donde recibió un cheque de 7 guineas con el que, literalmente, no sabía qué hacer, porque ni siquiera tenía una cuenta bancaria. Ha colaborado durante décadas con algunos de los máximos exponentes de la literatura infantil (destacando especialmente su relación con Roald Dahl), convirtiéndose así en uno de los ilustradores más icónicos del mundo.

 

¿Y qué hace tan especial el trabajo de Quentin Blake? Al fiIn y al cabo, si miramos objetivamente sus ilustraciones, nuestros ojos nos dicen que todo está mal: cuerpos desproporcionados, brazos y piernas anormalmente desiguales, manos amorfas, líneas que se entrecruzan ensuciándolo todo… Y sin embargo, pocos ilustradores transmiten a la vez tanta energía, ternura y humor con sus dibujos.
En primer lugar destacaría su espontaneidad. Durante años (y hablo aquí como ilustrador) mis bocetos sufrían una terrible metamorfosis al pasarlos a limpio. Entintar era un proceso tedioso que se reducía casi a calcar, dando como resultado un dibujo frío y sin vida, muy alejado de los enérgicos garabatos iniciales. Sin embargo, las tintas de Quentin siempre parecen poseer la frescura del primer trazo de lápiz. ¿Cuál es su secreto? Sencillamente no aferrarse al boceto inicial.

 

Partiendo de unos garabatos poco definidos, el señor Blake coge su mesa de luz, les planta una nueva hoja de papel en lo alto y comienza a entintar casi a ciegas. No puede limitarse a limpiar porque apenas ve lo que tiene debajo; permitiendo así que las nuevas líneas nazcan con la frescura de la improvisación, convirtiendo el entintado en un proceso creativo. Siempre comienza por el elemento principal (en la mayoría de casos, el rostro de un personaje), al que a menudo no logra darle los matices que busca y termina rodeado de decenas de papeles casi en blanco con una cara diminuta a medio terminar. Cuando logra superar ese punto y completar la ilustración, no siempre acaba satisfecho con el resultado; repitiendo hasta cuatro veces todo el proceso para capturar lo que desea transmitir.
Esto nos enseña que la espontaneidad se puede trabajar, pero requiere de muchas horas de práctica y autoanálisis para llegar a dominarla con maestría. Y es precisamente esa maestría la que convierte los dibujos de Quentin Blake en vehículos perfectos para las historias que acompañan.

 

Decía Roald Dahl que a la hora de escribir ayudaba mucho tener sentido del humor. Que no era del todo necesario con los adultos, pero que si escribías para un público infantil, el humor resultaba imprescidible. Lo mismo se puede decir de las ilustraciones. A los niños no les gustan los dibujos lánguidos que transmiten (teóricamente) profundas emociones. Los niños quieren reírse, ver adultos haciendo el ridículo y a otros niños triunfando frente a la adversidad. Y en ese campo, Quentin Blake no tiene rival.
En cualquier arte, el humor es una cosa muy difícil de conseguir. Las estructuras rígidas se llevan mal con el humor, porque vuelven las cosas frías y predecibles; y el humor es, ante todo, sorpresa. Transmitir humor con un dibujo perfectamente definido que busca la belleza formal es muy complicado, porque termina absorbiendo tu atención y sacándote de la narración. Quentin hace precisamente lo contrario. Sus dibujos fluyen junto al texto pero lo dejan respirar. Su falta de concreción en los detalles prescindibles, hace que puedas recibir sus dibujos con un golpe de vista y te quedes con el momento plasmado, reforzando las emociones de lo que estás leyendo pero sin reclamar en ningún momento más atención de la necesaria.

 

Resulta interesante destacar que la mayoría de niños protagonistas dibujados por Quentin tienen muy pocos rasgos signifcativos. Sin embargo los adultos (en especial, los idiotas y malvados) cuentan con facciones muy acentuadas, llegando a niveles grotescos que potencian su carácter ridículo a niveles elevadísimos.
Y es que leer un libro ilustrado por Quentin Blake suele ser una experiencia hilarante. Con tan solo ver una portada suya ya sabes que dentro vas a encontrar aventuras y mucho humor; gracias (entre otras cosas) a que sus dibujos siguen pareciendo simple garabatos.

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