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cómic autobiográfico: en las antípodas del súper-héroe

Por Carol Arán

 

La etiqueta “autobiográfico” despierta un interés natural e inmediato, una sensación de valor añadido desde cualquier medio artístico de consumo. Al voyeur entrometido que vive en nosotrxs le encanta husmear en la habitación del prójimo, desmigar vivencias ajenas y sentirse juez y parte. Sumergirse en un cómic autobiográfico es saber de antemano que allí van a brotar rastros de la propia existencia de quien lo lee. Que esas páginas se convertirán en las escrituras para un acto de comunión entre lector/a, autor/a y colectivo humano. Si bien es evidente la existencia de cierto narcisismo exhibicionista implícito en el género, no podemos negar que quien dibuja su biografía acomete una valiente misión de entrega para la que no sólo se desnuda ante todxs, sino que además convierte en diana sus miserias y debilidades, exponiendo su experiencia vital como la crónica satírica de la vida de un anti-héroe. La autocrítica sin pudores llega en tomos a tinta sudada sobre anecdotarios personales, diarios, recuerdos, sueños y pesadillas de personas tan de carne y hueso como el/la lector/a.

 

La perspectiva autobiográfica surge en EEUU con las primeras historietas y fanzines underground de los 70, en mitad del panorama contracultural tras la decepción post-hippy. Desde el desencanto nace un sentimiento de emergencia en historietistas que hacen de su trabajo una terapia de liberación, una crónica de la realidad personal que les ha tocado vivir. El primer cómic autobiográfico que nace de este estallido es “Binky Brown conoce a la Virgen María”, de Justin Green. En él, Green nos cuenta sus experiencias como joven neurótico en un ambiente católico y alienante, exponiendo sus sentimientos de culpa y miedo en descorazonadoras pero humorísticas confesiones. Esta obra fundará las bases para las posteriores publicaciones autobiográficas de carácter alternativo. Pero probablemente el más conocido de estos pioneros sea Robert Crumb, uno de los primeros e irreverentes padres del cómic underground. El componente autobiográfico es una constante en obras como “My troubles with women” donde este autor de culto, controvertido y ajeno a la industria, se caricaturiza a sí mismo sin rubor alguno. Su producción es políticamente incorrecta, cómica, costumbrista y lisérgica, y recoge uno de los estilos que más han influido en los posteriores autores de todo el mundo. También cofundadora del cómic alternativo (y esposa de Crumb) es Aline Kominsky, que además es precursora en la lucha por introducir a la mujer en el hasta entonces mayoritariamente masculino mundo de la historieta. Kominsky, que colabora con Crumb y comparte con él desinhibición punk y sabor a fanzine, publicó uno de los primeros cómics en primera persona narrados por una mujer: “Goldie, A Neurotic Woman”. En él muestra sin remilgos su propia vida y las dificultades por las que pasa en sus relaciones, a través de la nueva visión de la liberación femenina de los 70. Otra pionera en retratar temáticas feministas en el underground de la América de los 70 es Joyce Farmer, que da una vuelta de tuerca más a la visibilidad de colectivos en desventaja con “Un Adiós Especial”. En esta su primera novela gráfica, que Farmer termina con 73 años, narra el último periodo de la vida de dos ancianos (su padre y su madrastra), abordando temas en torno a la vejez de forma conmovedora y realista, patética y sublime, reivindicando la perspectiva de la tercera edad, tan poco frecuente en el género.

 

Entre los 90 y los 2000 se fragua la consolidación de la autobiografía narrativa en el cómic y su valor en la crónica social e histórica. Valor servido en trabajos como “Píldoras azules”, del suizo Frederik Peeters, uno de los ilustradores más reconocidos de la nueva historieta europea. En esta novela gráfica ilustrada el autor abarca el tema del VIH a través de su visión como pareja de una persona afectada por el virus, retratando las emociones y experiencias vividas en torno a un tema tan delicado como lo fue el SIDA, sin sensiblería ni condolencias. También autora de un cómic de referencia en la novela gráfica del cambio de siglo es Marjane Satrapi. En “Persépolis” narra los momentos más definitivos en su vida como mujer iraní que vive una revolución islámica, construyendo una biografía universal que ha llegado a convertirse en un símbolo sin colores de la lucha contra el integrismo. Desde un costumbrismo más punk y experimental, la canadiense Julie Doucet rompe con cualquier convención patriarcal a través de sus sueños y sus experiencias vitales como artista y como mujer. La primera persona de Doucet es un personaje femenino y peculiar que se aleja de los tópicos en trabajos como “Si yo fuera hombre”, “Diario de Nueva York”, y otros títulos que la convierten en una de las mayores influencias en el género autobiográfico fuera de la industria de los últimos 30 años. Generada desde el cómic independiente y convertida en una de las obras más trascendentes del género, “Maus: Relato de un superviviente” convierte al estadounidense Art Spiegelman en el primer ganador de un Pulitzer con una novela gráfica. Esta archiconocida fábula de gatos y ratones relata la historia del padre del autor como judío polaco que sobrevive al holocausto nazi, en un volumen de referencia y culto de las últimas décadas.

 

Hoy contemplamos la herencia de estos 50 años de autoficción en la absoluta consolidación del género, un género que ha sabido sumergirse y emerger, desde el anecdotario de viñetas personales hasta la novela gráfica top ventas de nuestros tiempos. Nuestra curiosidad innata está más que satisfecha y podemos encontrar humor, autocrítica, ternura y cotidianeidad en el trabajo de innumerables autores a lo largo del mundo. Creadores de realidades convertidas en ficción, ficciones que vuelven a ser realidad cuando llegan a nuestras manos y celebramos que no estamos solos/as, que en las antípodas del súper-héroe todos comemos el pan de cada día.

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