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Bill Watterson y la integridad

Por Javier Espila

 

Cuando era niño, solo tenía un motivo para husmear el periódico de mi padre: mirar las tiras de Garfield. Durante años ese gato gordo adicto a la lasaña me hizo reír, pero llegó un punto en que cada chiste parecía una copia del anterior y la planitud de sus personajes se convirtió en algo tedioso. De repente un día apareció una nueva tira; la protagonizaba un niño llamado Calvin y su tigre parlante, Hobbes. Tardé unos cuantos periódicos en entender que Hobbes era en realidad el muñeco de peluche de Calvin, pero no me llevó nada saber que ahí había otra clase de humor, muy diferente al que Garfield me tenía acostumbrado. Calvin y Hobbes eran sorprendentes e imaginativos y sus dibujos desprendían una energía maravillosa como yo no había visto en ningún otro cómic. En seguida me hice adicto y gracias a las recopilaciones en tomos, logré comprender mucho mejor su universo y la grandeza de Bill Watterson, su autor.

 

Como el propio Bill escribió alguna vez: «Siempre se intuye cuando un autor está entusiasmado y se lo está pasando bien: la energía y la vida se notan en su trabajo». Eso mismo me transmitían sus tiras. Tiras, por otro lado, repletas de una fantasía desbordante, refejo de la personalidad hiperactiva de Calvin, que tan pronto convertía una simple caja de cartón en una máquina «transmografadora» como jugaba con Hobbes a un extraño juego de pelota, donde las reglas se improvisaban sobre la marcha y ganaba el jugador que más rápidamente las manipulara hacia sus intereses.

 

Mucha gente daba por sentado que Calvin debía estar basado en algún hijo de Bill o en su propia infancia. Pero lo cierto es que Bill Watterson no tenía hijos —no al menos mientras creaba este cómic— y de pequeño fue un niño bastante tranquilo y obediente. Sencillamente le resultaba divertido escribir a Calvin porque la mayor parte del tiempo no estaba de acuerdo con él. Sin embargo, un autor que se divierte tanto creando su obra siempre deja algo de sí en ella, y en este caso hay mucho de la versión adulta de Bill Watterson; cuyas luchas se ven a menudo refejadas metafóricamente en las de Calvin. Pero no eran solo su imaginación y la divertida forma en que expresaba las inquietudes adultas lo que me atraía del mundo de Calvin & Hobbes. Los dibujos de Bill Watterson eran —y siguen siendo— espectaculares. Su tinta, imprecisa y sugerente, puede crear gags físicos tan potentes como el de los mejores dibujos animados; y a la vez, reflejar la realidad con gran sofisticación. Es llamativo observar cómo las fantasías de Calvin están dibujadas de manera más realista que su propia realidad, pero nunca abandonando la plasticidad y la espontaneidad en sus tintas.

 

Si bien la obra de Bill Watterson es excepcional, no menos excepcionales fueron sus luchas contra su syndicate, Universal, demostrando una integridad heroica rayando en lo quijotesco. Los syndicates son gigantescas empresas estadounidenses encargadas de suministrar contenidos a los periódicos de todo el mundo. Es imposible publicar una tira de prensa en Estados Unidos sin hacerlo a través de un syndicate. Por contra, la difusión y las ganancias obtenidas cuando una tira obtiene éxito pueden ser millonarias dada la cantidad de lectores a los que llega y los beneficios obtenidos por las licencias comerciales. Incluso antes de que Calvin & Hobbes cumpliera su primer año, Bill recibió presiones para licenciar sus personajes. Sin embargo había varios motivos por los que Bill se posicionaba en contra de esta estrategia comercial. En primer lugar, licenciar requiere de un grupo de ayudantes que hagan el trabajo. El autor, entonces, se convierte en una especie de capataz de fábrica, delegando responsabilidades o supervisando la producción de cosas que él no crea —¿alguien ha dicho Garfield? — . Pero más allá de lo que esto suponga para un dibujante, existe una cuestión de fondo mucho más profunda que el propio Bill condensó en esta frase: «Los autores que quieren ser tomados seriamente como artistas mientras utilizan a los protagonistas de sus tiras para vender calzoncillos están engañándose a sí mismos. […] Cuando todo lo divertido, lo mágico, se convierte en algo que se vende, el mundo interior de la tira se devalúa».

 

En algunos puntos, esta disputa llegó a tomar tintes surrealistas, pues si bien los syndicates están acostumbrados a lidiar con autores de éxito que quieren ganar más dinero, no lo están en absoluto cuando el autor está dispuesto a ganar menos. Bastaba estampar un par de firmas para generar ingresos millonarios, sin embargo, llegados a cierto punto, Universal decidió devolverle a Bill el control de sus derechos a cambio de que no los licenciara por su cuenta. Si a todo esto le sumamos la decisión de despedirse tras diez años dibujando Calvin & Hobbes —cuando sus personajes aún estaban en lo más alto— para evitar caer en la repetición, no podemos sino quitarnos el sombrero ante este tipo enjuto que nos regaló los muñecos de nieve más divertidos del cómic y las aventuras espaciales más delirantes.

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